Por fin llegó el gran día: nuestra exposición. Las tardes de reuniones, las búsquedas desesperadas de información, las vueltas y más vueltas que le dimos a la puesta en práctica… Hoy todo ha llegado a su fin.
Creo que la exposición salió bastante bien. Se nos echó el tiempo encima, la verdad. Habíamos calculado un tiempo para cada pregunta–debate, pero al final la gente participó tanto, y surgieron tantos debates no preparados que los números se nos descuadraron del todo. Para mí eso es buena señal, porque significa que el tema interesó.
Creo que la dinámica del principio, de ir explicando los métodos del siglo pasado para tratar a los enfermos mentales como si fueran métodos individuales, surtió el efecto que esperamos. La gente se quedó pasmada, con unas caras tan desconcertadas que me costó la vida no reírme y echarlo todo a perder. Disfrutamos de lo lindo con esa dinámica.
Por otro lado, cuando me tocó explicar mi parte, me veía agobiado por el tiempo, pero entusiasmado por el tema. Me había hecho un guión, para no irme por las ramas (cuando hablo me suele pasar). Me encantó explicar el suicidio, porque había leído un montón sobre ello, porque me había pasado horas ordenando la información, seleccionando a los autores que me parecían fiables y descartando las teorías que al grupo no nos convencían. Incluso llegamos a elaborar nuestra pequeña teoría acerca de la lucha interna de los suicidas, aplicada a la estructura de la personalidad de Freud. Puedo decir que manejaba el tema con seguridad, y eso creo que se notó: no me costó trabajo contestar las dudas (algo que me sorprendió).
Me hubiera gustado disponer de más tiempo, porque quedaban muchas cosas interesantes por contar, y muchos debates en los que dejar más espacio para participar. Incluso tuve que modificar un poco la metodología de la exposición: no pude seguir la estructura de debate y explicación, porque no me daba tiempo.
Por otro lado, el trabajo de mis compañeros me pareció magnífico. Fueron capaces de llevar a la clase la información que habíamos trabajado de forma muy amena. Me gustó la forma sencilla que tuvimos de exponer, dando cada uno nuestro propio punto de vista sobre asuntos que los cuatro conocíamos. Me sentí a gusto, la verdad.
Por último la participación de la clase, como siempre, estupenda. Los compañeros se mostraron interesados, atentos y preguntones. Contaba con ello, pero aun así, estoy muy agradecido porque nos ayudaron a llevar los nervios (antes de clase), la exposición en sí (durante la clase, con sus preguntas y su interés) y la evaluación de la misma (con sus opiniones después de clase).
Finalmente, me gustó que Jose participara. Es raro que hable en mitad de una exposición, y por eso me asombró que lo hiciera. En el momento pensé “Verás que nos va a decir que la estamos cagando”, pero después me di cuenta de que en realidad era que estaba interesado en el tema. Supongo que contamos con la ventaja de que el enfoque del suicidio y el TOC es novedoso, y que casi nadie conoce nada acerca de estos colectivos.
Para despedirme, no quiero escribir ninguna teoría acerca de ninguno de los temas que vimos en la exposición: llevo escribiendo teorías sobre ellos desde que empezamos nuestro estudio. Solo recalcar que consideramos que tanto el TOC como el suicidio son respuestas negativas que se desencadenan en el individuo ante una situación de crisis aguda. Como educadores, nos corresponde educar a las personas en la búsqueda de respuestas alternativas que no pongan en peligro su integridad o su salud y la de quienes los rodean: ahí entra la labor de la Educación Social.
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