martes, 10 de mayo de 2011

Políticas e intransigencias.

Hoy hemos tenido una mesa redonda en Política Social, en la que se nos ha ofrecido la oportunidad de escuchar el discurso político de diferentes partidos: Partido Andalucista, Los Verdes, PP, PSOE, e Izquierda Unida: un poco de cada color.
Debo decir que no tenía mucha idea de qué tendencia era el PA, e iba dispuesto a averiguarlo con su pequeño mitin. Pero he aquí mi sorpresa cuando, por más que me esfuerzo, no veo tintes politizados en su discurso. Habla como un catedrático, de la incertidumbre y del futuro de los jóvenes. Después le va tocando el turno a los demás partidos. La de los Verdes, con un programa muy… verde. Utópico, dicen. Pero con más coherencia que muchos otros. Me gustó su sencillez y su forma de plantearse las ciudades.
Y llega el PP. Me sorprende. Nunca había escuchado un discurso más racional y coherente. Juan García Camacho, se llama. Resulta que este hombre es un activista por activa y por pasiva en una ONG que ayuda a personas discapacitadas. Lo dice alto, sin complejos, sentado en su silla de ruedas. Y su ONG ha trabajado de maravilla con el candidato que va a presentarse a las elecciones de Sevilla. Y en un momento dado, se le ofrece la posibilidad de militar en el partido y él acepta. “Con nosotros trabajaban muy bien. Creo que no hacían las cosas mal, y tienen propuestas interesantes”, afirma Juan García mientras se encoge de hombros y sonríe. Con valentía. Una persona que trabaja por un fin noble, y que encuentra un lugar en el que se siente acompañado en esa lucha. Nunca había visto una cara tan humana de un político.
Y ahora llega el turno de las preguntas. Una persona de la sala, mayor, entendido, se levanta y lanza dos preguntas de esas que dices “guantazos sin manos” al representante del PP. El hombre contesta. Se levanta otro. En este caso una alumna. Más preguntas rebuscadas, con mala idea. A todo esto, la representante de Izquierda Unida lo ataca. Al cuello. Me miro con mi compañero de asiento y nos reímos. Esto está empezando a parecerse a una reunión de Diputados, más que a un intercambio de ideas políticas sobre “Qué bienestar social queremos para Sevilla”.
Entonces, el momento cumbre. El representante del PP presenta un plan de organización del transporte en el centro de Sevilla (inaccesible para todos los que no caminen: nada de coches, nada de bicis hasta las 10.30…). Algo coherente, lógico.
Y una imbécil* de la fila de delante le suelta: “Pues vas en bici”. Olé. Una trabajadora social de narices. Juan García tartamudea, sorprendido, y responde con un tímido “Es que no puedo”. Y la imbécil se ríe con las amigas, con las que lleva rumiando toda la hora comentarios despectivos del PP.
(* Aclaro que utilizo el término imbécil en su sentido más completo: in-baculus, del latín, persona que necesita de un bastón para caminar, que acaba construyéndose como imbécil, persona que necesita un bastón mental para que su funcionamiento cerebral alcance el nivel mínimo).
Sentí vergüenza. Siempre me identifiqué más con la mentalidad de izquierda por eso de los valores sociales y demás. Sin embargo, ayer sentí vergüenza. Vergüenza porque los intransigentes, los que no respetaban nada que no fuera propio fueron los de izquierdas. Pidieron el voto para su partido, cuando el PP no lo hizo (el PSOE tampoco, hay que decirlo). Apenas dejaban hablar a Juan García, y las preguntas eran dardos envenenados. Vergonzoso y patético.
Sobre todo porque estoy cada vez más convencido de que en España tenemos un cacao de derechas disfrazadas de izquierdas que me asusta. En Andalucía votamos visceralmente a izquierdas sin pensar más allá, sin proponernos estudiar cada una de las candidaturas a ver cuál es la que hace la propuesta más conveniente o interesante. Nos encasillamos y cerramos. Apenas respetamos a los del PP, y los tachamos de intransigentes y conservadores… Sin que se nos mueva un pelo.
Porque, al fin y al cabo, los del PP son unos “fachas” que no tienen derecho a expresar su opinión… ¿no?
Pero eso ya es otro tema…

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