miércoles, 1 de junio de 2011

El mercado es así: si ves una camiseta que te gusta, vas y la compras. Si esa camiseta gusta a mucha gente, se fabricarán más camisetas, para que la gente las compre. Cuanto más se venda esa camiseta, más unidades se fabricarán. Es la ley de la oferta y la demanda. Y lo mismo pasa con las casas, con los modelos de coches, con los viajes, con las piscinas o con los cojines de Ikea. Y lo mismo pasa con el tráfico humano.
La trata de personas no se daría si no hubiera personas que pagaran por ello. No sería el tercer negocio más productivo en el mundo (después de las drogas y las armas) si no se pagara por ello. Ahí es donde yo me planteo hasta qué punto está enferma la sociedad. ¿Hasta dónde hemos llegado? Y lo peor: ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar?
Inhumano. Es la palabra que me vino a la cabeza cuando salí de la charla de Jill. No puedo explicarme cómo hay gente capaz de hacer esas cosas. Porque los traficantes tendrán madres, esposas, hermanas. Hijas. Tendrán hijas jóvenes, inocentes. Igual que sus víctimas.
Pienso que deberíamos plantear intervenciones con ellos. Igual que planteamos intervenciones con los maltratadores. Porque ninguna mente sana es capaz de idear algo así. Que se den actos dementes de este calibre es un síntoma más de lo enfermizo del capitalismo, de la globalización. Y es signo de que aún queda mucho trabajo por hacer. Muchos males que curar. Tal vez demasiados.



 Fragmento de "Inocentes", una miniserie que emitió Telecinco 
en la que tres adolescentes son raptadas con fines de 
explotación sexual.

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