Ayer vi una película que me impactó enormemente. “The Blind Side”. Está basada en una historia real, de una familia norteamericana que acoge a un adolescente de la calle. El chaval es negro y enorme, y sufre discriminación por ello. Al final, acaba siendo una estrella del rugby.
Como digo, al margen de lo emotivo de la película (buen guión, buen reparto y magnífico montaje), lo que eriza los pelos de mi nuca es el hecho de pensar que es una historia real. Tan real como que aparecen fotos de las personas reales al final de la película.
La película me hizo recordar lo que sentía en aquel verano de 2008, cuando decidí que lo mío era el Trabajo Social. Recordar significa, literalmente, re-cordis, del latín “volver a pasar por el corazón”. A veces con tanta teoría, y tantas advertencias de eruditos del Trabajo Social, se me ahogan las ganas. Se me olvida la vocación. Y la película me la recordó: lo que sentía, lo que pensaba, las ganas que tenía de cambiar las cosas.
El protagonista rompe un círculo completo de exclusión (madre drogadicta, custodia Estatal, raza negra, dificultades para establecer relaciones, pobreza económica, pocos estudios y ninguna perspectiva de futuro), en el momento en que una mujer confía en él. Cuando se encuentra rodeado por una familia que lo ama, desarrolla un instinto de protección hacia ellos que luego utiliza como baza para jugar al rugby. He aquí mi teoría: el amor cambia el mundo. Cambia a las personas, abre puertas, y transforma. La capacidad de amar es la herramienta más poderosa que posee el ser humano, y usada con sabiduría, otorga un potencial desmesurado.
Y eso es, justamente, lo que me hizo recordar “The Blind Side”. Así que recomiendo a todo el que lea este post que la vea. En serio, no tiene desperdicio.
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