En el artículo de Reglero aparecía una frase que me hizo reflexionar bastante. “Desigualdad de situaciones, sí, pero la realidad nos dice que además se da una desigualdad de posibilidades”.
Para mí la pobreza ha sido siempre un fantasma terrible, algo con lo que siempre tuve empeño en luchar. De ahí, en parte, el hecho de que esté en esta carrera. Sin embargo, a lo largo de estos tres años de formación como trabajador y educador social he aprendido eso: que más allá de la simple pobreza económica está la exclusión social. Y que ésta es más terrible, y que pesa mucho más.
La pobreza consiste en una desigualdad de situaciones. En que unos tienen para comer y otros no. En que a unos les llueve encima y a otros no. En que unos duermen sobre colchones de viscolatex y otros sobre cartones de cajas grandes de Ikea.
Sin embargo, mucho más preocupante que esto es la segunda parte: la desigualdad de oportunidades. La imposibilidad de acceder a recursos a los que otros si acceden. Qué injusto, ¿no?
El saberse más sucio, más hambriento y más pobre que el resto. Y, sobre todo, saberse menos persona, con menos derechos.
Muy bueno Israel. Siento el rechazo que pretendes con tu última frase. Jose
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